‘Aquaman y el Reino Perdido’ opta por un tono despreocupado en vez de montar un funeral

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Lo mejor que se puede decir de esta secuela de la exitosísima ‘Aquaman‘ de 2018 es que comparte prácticamente todas sus virtudes: aunque hay alguna que otra diferencia entre ambas, el continuísmo es total, algo que le sienta estupendamente. La presencia de James Wan como director y la intención de seguir adelante con la estética, el ritmo y el humor de la primera parte hacen que no parezca que han pasado cinco años. Pero han pasado. Vaya si han pasado.

Porque aparte de sus propios méritos como película, hay otros paralelismos: la primera ‘Aquaman’ es la película protagonizada por un héroe DC más exitosa de todos los tiempos, y es la vigésima película más taquillera de la historia, superando sobradamente los mil cien millones de euros de recaudación. Pocos meses después llegaría ‘Shazam!‘ (otro éxito, pero de calibre mucho menor), y ahí acabaría la racha de DC.

Tras ellas llegarían fiascos de taquilla como ‘Black Adam‘, ‘Suicide Squad‘ o la secuela de ‘Shazam!’, con ‘The Batman‘ y ‘Joker‘ como significativos únicos triunfos de recadación. Significativos porque están fuera del universo DC, son películas que funcionan de forma independiente, lo que dice mucho de la decadencia de la fórmula. Es decir, la primera ‘Aquaman’ (con ‘Shazam!’ como escudero) fue el canto del cisne de los éxitos DC. Y esta segunda película del héroe acuático, en paralelo, es el cierre definitivo de esta etapa de las producciones de Warner: ‘Blue Beetle’ y ésta han sido los colofones tardíos de esta etapa, que será reiniciada por James Gunn y Peter Safran en 2025.

Esa sensación le da un carácter extrañísimo a esta segunda aventura de Aquaman. Durante todo su metraje no pude evitar pensar en qué opinarían los espectadores de la película dentro de un par de décadas, sin haber vivido el contexto de su estreno. Esto es: ‘Aquaman y el Reino Perdido’ ha llegado a las pantallas cuando, aún en estos tiempos de franquicias, personajes reciclados y continuo world-building, ella misma es consciente de que, muy posiblemente, no va a tener continuidad.

Una aventura fúnebre

Es un alivio que, pese a ello, ‘Aquaman y el reino perdido’ no tenga el tono crepuscular que, sin duda, le habría brindado un director como Zack Snyder. James Wan es consciente de que está haciendo un episodio más de las peripecias del protagonista, inserto en un mundo superheroico, al estilo de los comic-books en los que se inspira, y lo que nos cuenta es una aventura sin mayor trascendencia, lo que da un toque de ligereza muy agradecido a la película. Hay un reino perdido poblado por monstruos cuyo regente da poderes mayúsculos a un viejo enemigo de Aquaman y este se tiene que aliar con su hermano (y antigua némesis) para solventar la situación. Y a otra cosa.

El toque de despedida que tiene ‘Aquaman y el reino perdido’ no se traduce en un ritmo fúnebre o en reflexiones para adolescentes sobre el carpe diem, sino en todo lo contrario: nada importa porque nada de esto va a tener trascendencia, así que James Wan permite que la horterada, la violencia de tebeo y los chistes a destiempo inunden la pantalla, junto con algunas de sus debilidades. Por ejemplo, el componente lovecraftiano de los enemigos de Aquaman se deja notar aún más que en la primera película, con la historia de una ciudad submarina poblada por seres anfibios que resultará familiar a los lectores de ‘La llamada de Cthulhu’ o ‘En las montañas de la locura’.

Así, en este entierro del Universo DC cinematográfico tal y como lo conocemos (está por ver si James Gunn logrará poner en marcha su ambicioso plan de películas interconectadas, pero esa es otra historia) no está lleno de lágrimas y recuerdos, sino que opta por la solución más satisfactoria: retomar el tono despreocupado y aceleradísimo de su precedente. Casi sin tiempo para pensar, con elipsis que nos ahorran trámites y secuencias que se cortan milésimas de segundo después de que acaben los diálogos, esta ‘Aquaman’ no pasará a la historia por su profundidad, pero por suerte, tampoco por su exceso de pretensiones.

De hecho, hay cosas que James Wan hace en ‘Aquaman y el reino perdido’  mejor que muchas de sus compañeras de viaje. Por ejemplo, los combates y secuencias de acción, pese al exceso de CGI, saben mostrar un peso y una contundencia impensable en películas como ‘The Marvels’ o la propia ‘Black Adam’ y otras recientes de DC. Si de algo tiene que servir esta despedida es para desear que en el futuro de la escudería esté incluido el buen-mal gusto visual de Wan para rodar una buena pelea de superhéroes. Que es a lo que veníamos al principio.

Cabecera: Warner

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