‘La zona de interés’, cómo el final de la película de Jonathan Glazer traza líneas entre pasado, presente, cuerpo y mente

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Desde que salió de la última edición del Festival de Cannes con el Gran Premio del Jurado bajo el brazo, ‘La zona de interés’ de Jonathan Glazer se ha convertido por méritos propios en uno de los largometrajes más esperados del curso cinematográfico 2024, y pocas cosas hay mejores en esta vida que una obra como esta termine no sólo igualando, sino superando ampliamente las expectativas proyectadas sobre ella.

Unos cuantos días después del pase al que pude asistir, el gélido retrato del día a día de la familia del comandante Rudof Höss en su hogar separado del campo de concentración de Auschwitz por un simple muro continúa grabado a fuego en mi mente por múltiples motivos, siendo uno de ellos un impactante final que está dando lugar a no pocas conversaciones desde su proyección en el certamen francés.

A continuación, os propongo explorar, de la mano de su director, el significado y la razón de ser del sobrecogedor clímax de ‘La zona de interés’. Por supuesto, a partir de este momento habrá spoilers de la película, así que vuelve una vez la hayas experimentado en tus propias carnes.

Mente y cuerpo

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Tras sus dimes y diretes con las altas esferas del partido Nazi y su traslado de Auschwitz, las cosas vuelven a encauzarse para Rudolf Höss al darse luz verde a la operación que lleva su apellido y que tiene como objetivo transformar el campo de concentración en la maquinaria de exterminio definitiva para terminar con la población de judíos húngaros en proceso de deportación.

Tras su asistencia a una gala, el comandante de las SS mantiene una conversación telefónica con su esposa Hegwig en la que admite su obsesión con el trabajo que se le ha encomendado y abandona el edificio bajando una larga escalera. Durante el descenso, Höss se detiene varias veces para vomitar; acto que, según ha explicado Glazer en un Q&A, está relacionado con la ausencia de arco dramático de los personajes de la película y el modo en que sus cuerpos parecen rechazar a sus mentes.

“Estos personajes no tienen un arco. No hay conciencia, no hay salvación, no hay redención, no hay nada. Son planos. Son una línea plana. Pero quería mostrar que el cuerpo, de alguna manera, rechaza al hombre. Cómo nos engañamos con nuestras mentes, pero nuestros cuerpos dicen la verdad. Así que hay algo en la verdad de ese rechazo y el horror interno que tenía sentido para mí.”

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El cineasta, además, ha aportado contexto sobre la gestación de la escena y el concepto del vómito.

“Para mí, esa escena comenzó conmigo tratando de entenderle y tratando de imaginarle [a Höss] al final de su vida. Toda la falta de valor de una vida en particular. Y recuerdo hacer un boceto de un par de zapatos y un montón de vómito. En la base de un par de zapatos [había] un montón de vómito, y pensé: ‘Bueno, eso es él’. Así que siempre tuve eso en mente, de alguna manera, eso se iba a representar”.

Todo esto podría conectarse con el final del extraordinario —e igualmente desolador— documental ‘The Act of Killing’, en el que Joshua Oppenheimer exploró el golpe de estado y posterior genocidio orquestado por el general Suharto en la indonesia de mediados de los años 60, y en el que los asesinos se ven a sí mismos como héroes de una película estadounidense. Glazer no oculta la inspiración en esta pieza de no ficción.

“Vi ‘The Act of Killing’ durante el proceso de escribir el guión y documentarme, y así vi la evidencia real de eso, lo cual, por supuesto, fue extraordinario, habiendo pensado que tal vez iba a terminar así la película. Y le pedí a Christian que vomitara en la escena. Intentamos planearlo y que tomase algo que le hiciese vomitar […] pero no quiso hacerlo. Rechazó la idea, y entiendo por qué; simplemente le daba miedo.”

Pasado y presente

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Pero el sorprendente clímax de ‘La zona de interés’ no se queda en la reacción física de Höss. Llegado un momento, y después de volver a vomitar, el miembro de las Schutzstaffel se queda petrificado, mirando al fondo de un pasillo pulcro, pero envuelto por la oscuridad. La imagen corta a un negro sólo roto por un pequeño punto de luz que, instantes después se descubre como la mirilla de una puerta que, tras abrirse, nos transporta al Auschwitz del presente.

Varias trabajadoras se encargan de limpiar a conciencia algunas de las estancias del ahora museo conmemorativo en lo que, sin duda, es el último puñetazo en la mesa discursivo de Jonathan Glazer y su última mirada con desprecio a los artífices del Holocausto trazando líneas entre 1943 y 2023: “Esto no es un biopic, se trata de conectar pasado y presente”.

“Era como si estuvieran cuidando tumbas. Ya sabes, Höss ya se fue. Es ceniza. Pero el museo y la importancia de museos como ese, siguen ahí. Esto no es un biopic, se trata de conectar pasado y presente”.

Con ‘La zona de interés’, Glazer ha firmado una de las obras más trascendentes sobre la II Guerra Mundial y la Shoah utilizando como motor la ira y el enfado frente al horror y su banalización, teniendo claro que su intención, en última instancia, no era otra que trasladar la desazón más profunda al patio de butacas.

“Es una película hecha a partir de un profundo sentido de enfado. No me interesaba hacer una pieza de museo. No quería que la gente tuviera la distancia segura con el pasado y se fuera sin sentirse perturbada por lo que ve. Quería decir no, no, no, deberíamos sentirnos profundamente inseguros acerca de este tipo de horror primordial que está debajo de todo”.

En Espinof:



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