Los amigos invisibles | Opinión

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Todo el mundo tiene un amigo invisible, que es el que mira con nosotros por la ventanilla del autobús y se fija en la gente de la calle. Roberto Carlos quería tener un millón de amigos invisibles para cantar más fuerte con ellos. Parece una aspiración opulenta, como de ricachón; pero, con un millón de voces salidas de la nada, también se puede hacer un cuento de Stephen King. La primera persona que conocí que hablaba con un amigo invisible fue Sir Tim O’Theo. Su amigo se llamaba Mac Latha, y era un fantasma que tocaba la gaita. Tener un amigo invisible es una gaita porque no se lo puedes decir a tus amigos. Un caso contrario al amigo invisible fue lo que le sucedió al hombre invisible; pues era invisible, pero no tenía amigos. Como nadie le quería, se hizo invisible para no sufrir tanto. La invisibilidad sacó a la luz lo peor de él, y se volvió muy malo. H. G. Wells escribía este tipo de historias líquidas, donde ni el tiempo, ni el espacio, ni el alma humana estaban garantizados. Un poco antes, Julio Verne volvió invisible al capitán Nemo, pero no haciéndole incorpóreo, sino escondiéndole en el fondo del mar. A veces uno dice tierra trágame, y se lo traga el agua. Las cosas nunca salen del todo como se planean. El capitán Nemo, en el fondo (nunca mejor dicho), deseaba tener amigos, aunque no tantos como Roberto Carlos. No quería cantar, sólo quería hablar. Al vivir sola, en Villa Kunterbunt, parecía que el padre de Pippi Långstrump era invisible, como la mujer de Colombo; pero resultó que era pirata y, una vez, regresó de los mares del Sur. Lo alucinante de Pippi Långstrump es que hacía visible nuestro mundo invisible. Todos tenemos un millón de amigos invisibles. Están en los libros, y su regalo invisible se llama literatura.



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