Seis claves sobre el ‘Orden Mundial’ de Henry Kissinger

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Seis meses antes de su fallecimiento, el pasado 27 de mayo, Henry Kissinger cumplió cien años sin dejar de producir sensaciones encontradas. Admiración por sus grandes logros diplomáticos, pero también repugnancia por algunos de los peores crímenes cometidos durante la Guerra Fría. En las múltiples entrevistas concedidas para celebrar su siglo, ‘Big K’ repetía la idea de ‘propósito’ que, junto al concepto de ‘equilibrio’, han formado sus dos grandes pilares intelectuales.

En el otoño de 1972, el presidente Nixon se encontraba justo en la recta final para culminar su ambición de ser reelegido para un segundo mandato en la Casa Blanca. Restaba importancia a ese “robo de tercera” en el edificio Watergate y presumía de sus éxitos al haber logrado romper la inercia de la Guerra Fría con China y Rusia. Méritos a los que Henry Kissinger, su gurú para la arena internacional, se empeño en añadir una tentativa solución para la guerra de Vietnam antes de la cita electoral de noviembre.

El 8 de octubre de 1972, un soleado domingo de otoño en París, Kissinger y el comunista Le Duc Tho volvieron a sentarse en una nueva ronda de negociaciones. Para romper el hielo, se pusieron a hablar del hipódromo de Auteuil, situado en el Bois de Boulogne y con la particularidad de que una parte de su trazado se encuentra cubierto por árboles. Para ganarse a su interlocutor, Kissinger comentó que precisamente en ese tramo oculto a la vista del público es “donde los jinetes deciden quién ganará”.

Más de cuatro décadas después de la otoñal cita en París,  y descrito por sus admiradores como un león en un prolongado invierno, Henry Kissinger ha seguido buscando complicidad para racionalizar sus aportaciones tanto como intelectual de la diplomacia americana como practicante, en su calidad de asesor de seguridad nacional y secretario de Estado en la Administración Nixon. Con un don exquisito de la oportunidad, Kissinger publicó en 2015 su libro Orden mundial: Reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia (Debate, 430 páginas). Como una especie de prólogo a una coyuntura internacional especialmente desordenada, ese volumen reunió las reflexiones del nonagenario autor sobre el carácter de las naciones, el curso de la historia y sus creencias en la Realpolitik que empezó a fraguar en Harvard con su tesis doctoral de 1957 sobre Metternich, Castlereagh y la restauración de la paz tras las guerras napoleónicas.

En las páginas del que no ha sido el último libro de Kissinger, rúbrica final que corresponde a Liderazgo analizado en el próximo número 216 de Política Exterior, no hay ni choque entre civilizaciones ni un triunfante final de la historia en virtud de la democracia liberal y la economía de mercado. Se trata más bien una exposición razonada de sus obsesiones: la búsqueda de un equilibrado orden internacional y la escuela de pensamiento diplomática realista. En definitiva, una forma escéptica de ver el mundo que, en contraste con alternativas idealistas, evita como algo bastante peligroso mezclar política exterior con valores morales.

1. La Paz de Westfalia, por supuesto. En su tour mundial, el modelo de orden que Henry Kissinger considera como arquetipo no es otro que la Paz de Westfalia, negociada en Europa al final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). A su juicio, las condiciones en el Viejo Continente en mitad del siglo XVII se asemejan llamativamente a las del mundo actual: “Una multiplicidad de unidades políticas, ninguna lo suficientemente poderosa como para derrotar a todas las demás, muchas pegadas a filosofías contradictorias y prácticas internas, en búsqueda de normas neutrales para regular su conducta y mitigar conflictos”.

Completamente agotados y endurecidos por la batalla de una pionera “guerra total”, las partes representadas en la Paz de Westfalia abandonaron sigilosamente viejas formas jerárquicas al uso. Hasta el punto de que, según recuerda Kissinger, en su búsqueda de una absoluta igualdad se pusieron de acuerdo para acceder a la sede de negociación a través cada uno de su propia puerta, obligando a la construcción de múltiples entradas.

En aquel primer congreso diplomático moderno se adoptaron una serie de principios claros. De todos ellos, el más relevante sería consagrar al Estado –no los imperios, dinastías o religiones– como el “bloque constructor del orden europeo”. Una base estatal completada con autonomía soberana por la cual cada país signatario tenía “el derecho a eligir su propia estructura doméstica y orientación religiosa libre de intervención” (cuius regio, eius religio). Con el resultado de producir “un sistema de Estados independientes que evitan interferir en los asuntos domésticos de otros y que controlan sus ambiciones a través de un equilibrio general de poder”.

En definitiva, la paz de Westfalia creó un nuevo orden internacional sostenido en teoría por grandes estadistas concentrados en intereses nacionales y limitados por el concepto de balance de poder. Según Kissinger, el sistema de Westfalia fue un preludio de modernidad por su énfasis en “lo práctico y ecuménico” y por establecer un orden basado en “la multiplicidad y la moderación”. Y para mediados del siglo XX, la prueba de su triunfo es que “ese sistema internacional estaba en vigor en todos los continentes”.

2. Balance de poder. Kissinger insiste una vez más en su pesimista visión del mundo y motivos no parecen faltarle en la actualidad. Ante la brutalidad desatada por el llamado Estado Islámico en Irak y Siria, comparable a la de Hamás, el autor declara que no se mantienen “reglas comunes salvo la ley de la fuerza superior”. A su juicio, tampoco parece existir alivio en lo referente a la proliferación de armas de destrucción masiva y “la persistencia de prácticas de genocidio”. A lo que se suman cuestiones como la peligrosa anarquía del ciberespacio, que en su opinión ha “revolucionado las vulnerabilidades” de un mundo cada vez más online y digital.

Con un panorama internacional entre lo problemático y lo catastrófico, casi perteneciente al estado de naturaleza hobbesiano, Kissinger argumenta que todo el mundo “de forma insistente, a veces casi desesperadamente, busca un concepto de orden mundial”. Especialmente en un momento de la historia cuando “el caos amenaza por todas partes con una interdependencia sin precedentes”.

Para mantener el equilibrio dentro del sistema de Westfalia, Kissinger resalta la importancia del principio de balance de poder para asegurar que nadie aumenta su fortaleza hasta el punto de resultar una amenaza hegemónica. Aunque como reconoce el ex secretario de Estado, ese esfuerzo por consagrar orden en la Europa del siglo XVII fue “vilipendiado como un sistema de cínica manipulación de poder, indiferente a derechos morales”. Un tipo de reproches que también ha generado su propia práctica diplomática. En cualquier caso, la gran insistencia de Orden Mundial es que el mundo debe lograr un balance de poder basado en “una acomodación práctica a la realidad, y no una extraordinaria comprensión moral”.

3. El gigante asiático, dentro de propia tradición de centralidad, también ha aportado un milenario sistema jerárquico y teóricamente universal de orden, basado no en la igualdad soberana de los Estados sino en el poder supuestamente sin fronteras de sus emperadores. Según resalta Kissinger, el concepto de soberanía nacional europeo es superado en la tradición china por el poder absoluto imperial que puede decidir sobre “todo lo que está bajo los cielos”. En su concepción, China aportaría orden del mundo seduciendo a otras sociedades sumidas en diferentes niveles de barbarismo con su superioridad cultural y prosperidad económica, produciendo en última instancia relaciones de armonía.

Para Kissinger, Asia sería la zona del mundo con mayor éxito a la hora de asumir conceptos de soberanía estatal, a pesar de “que todavía se recuerden conceptos alternativos de orden con nostalgia y se revuelve con rivalidades y reclamos históricos del tipo que hicieron desvanecerse el orden europeo hace un siglo”. A su juicio, la transformación de China no tiene que terminar necesariamente en un choque con el status quo liderado por Estados Unidos. En su opinión, el problema de China es que se resiste a asumir el papel que le atribuye un sistema internacional que no ha ayudado a diseñar y no acepta las reglas en cuya redacción no ha participado.

4. Entre Europa y China, es donde habría triunfado una tercera alternativa de orden internacional: el Islam, con su propia visión de un mundo unido y pacificado bajo un solo gobierno con respaldo divino. Para el siglo VII, el Islam fue capaz de expandirse “por tres continentes en una ola sin precedentes de exaltación religiosa y expansión imperial”. Y tras unificar el mundo árabe, se hizo con los restos del Imperio Romano, sometió al Imperio Persa y gobernó en Oriente Medio, en el norte de África, en grandes territorios de Asia y en porciones de Europa.

Dentro de su propia versión de orden mundial, el Islam insiste en expandirse por los territorios de los no creyentes en Alá hasta convertir a todo el mundo en un sistema unitario y armonioso. Una ambición que se encarnó en el Imperio Otomano que consideraba el sistema interestatal de Europa como una debilidad y una oportunidad de expansión.

En la actualidad, los jihadistas enfrentados a ambos lados del cisma entre chiíes y suníes se han embarcado según Kissinger en visiones de revolución global basadas en la versión más fundamentalista de su religión. A su juicio, “el Estado mismo –como el sistema regional basado en Estados– se encuentra en peligro, asaltado tanto por ideologías que rechazan cualquier limitación como algo ilegitimo como por milicias terroristas que, en varios países, son más fuertes que las fuerzas armadas de cada gobierno”. Y ni Estados Unidos ni otros países son capaces de formular un nuevo orden regional, a pesar de que el riesgo de anarquía y extremismo planteado en esa parte del mundo resulte especialmente contagioso.

5. Nuevo Mundo. Con la expansión atlántica hacia el Nuevo Mundo, Henry Kissinger identifica una visión adicional y diferenciada de orden mundial. Conforme los conflictos políticos y sectarios de Europa en el siglo XVII se multiplicaban, los colonos puritanos se empeñaron en liberarse de estructuras de autoridad tan corruptas como arraigadas en el Viejo Continente. El autor recuerda como el gobernador John Winthrop predicó en 1630 de camino al asentamiento de Massachusetts la construcción de “una ciudad sobre la colina”, que inspiraría al mundo por la justicia de sus principios y el poder de sus actos.

En su disquisición comparativa, Kissinger considera que, de acuerdo a la visión americana, el orden mundial, la paz y el balance de poder se producirán de forma natural y las hostilidades del pasado se superarán conforme otras naciones compartan los mismos principios: “Con el tiempo, Estados Unidos se convertiría en el defensor indispensable del orden que Europa diseñó. Aunque incluso cuando Estados Unidos prestó su peso a ese esfuerzo, se preservó una ambivalencia: la visión americana descansaba no solo en asumir el sistema de balance de poder europeo sino en el logro de la paz a través de la expansión de principios democráticos”.

Según Kissinger, Estados Unidos como democracia que celebra su propio excepcionalismo moral ha sido bastante ambivalente frente al sistema westfaliano. Es verdad que el gigante americano continúa afirmando “la relevancia universal de sus valores para construir un pacífico orden mundial y se reserva el derecho de respaldarlos globalmente”. Pero también es verdad que “después de retirarse de tres guerras (Vietnam, Irak, Afganistán) en dos generaciones –cada una iniciada con aspiraciones idealistas y amplio respaldo público pero terminando en trauma nacional– Estados Unidos tiene problemas para definir la relación entre su poder (todavía enorme) y sus principios”.

6. Europa y una lección de humildad. El reto que se empeña en cuestionar los principios westfalianos empieza a juicio del antiguo copiloto de la diplomacia de Estados Unidos por la misma Europa donde fueron acuñados. Según su análisis: “Europa se ha empeñado en alejarse del sistema de Estados que diseñó y transcenderlo a través de un concepto de soberanía compartida. E irónicamente, aunque Europa inventó el concepto de balance de poder, ha limitado de forma consciente y profunda el elemento de poder en sus instituciones. Habiendo degradado sus capacidades militares, Europa presenta poco margen de maniobra para responder cuando se incumplen normas universales”. Según Kissinger, el gran problema de Europa es que “se encuentra a sí misma suspendida entre un pasado que intenta superar y un futuro que todavía no ha definido”.

De Rusia, Kissinger afirma que “ha comenzado más guerras que cualquier otra gran potencia contemporánea”, pero al mismo tiempo ha evitado la completa dominación de Europa bajo un solo poder al resistir a Napoleón y Hitler. Desde esta perspectiva, Rusia se mueve en ciclos de expansionismo que le han hecho añadir 100.000 kilómetros cuadrados anuales a su territorio entre 1552 y 1917. Una tendencia que, según recuerda el ex secretario de Estado, se ha mantenido de forma llamativamente consistente “desde Pedro el Grande hasta Vladimir Putin”.

Kissinger termina su Orden Mundial con un llamativo esfuerzo de humildad: “Hace mucho tiempo, en mi juventud, fui lo suficientemente orgulloso como para considerarme capaz de pronunciar el significado de la historia. Ahora sé que el significado de la historia es una cuestión que debe ser descubierto, no declarado”. Una cura de humildad que el autor también recomienda para aquellos individuos y naciones en búsqueda de un elusivo orden mundial basado en la dignidad de las personas y el gobierno participativo.



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