verso feminista contra épica masculina

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Fue admirada y también vilipendiada. Se la sometió al olvido y se deformó su figura para orillarla. Safo de Mitilene o Safo de Lesbos fue una gran poeta de la antigua Grecia y Platón la nombró «la décima musa». «Pero fue Ovidio el que, en sus ‘‘Heroidas’’, transformó a Safo en personaje mitológico y empezó la deformación de su figura: se inventó que se había suicidado por amor a un hombre, lo cual es una traición a su personalidad y a su obra, que es una sublimación del amor lésbico. Es por ella y su escuela en la isla griega de Lesbos que aparece el nombre», dice Cristina Rosenvinge, quien, en su último trabajo, «Los versos sáficos», devuelve los endecasílabos de Safo a su forma de canción popular.

«Lo que se desprende de sus versos es algo… Es un canto a la vida, a la sexualidad, al amor físico. Y eso, viendo lo que pasó en siglos posteriores, es revolucionario y feminista. Y bonito descubrir que ha habido una corriente subterránea de seguidoras a lo largo del tiempo», afirma Rosenvinge acerca de una forma lírica «hedonista y sensorial» de una figura que debería ocupar un espacio mayor en la historia. Como canta ella misma en el disco, «contra la épica, la estrofa sáfica», una especie de consigna que encierra todo un discurso de fondo literario. «Eso lo concebí como un surrealista grito de guerra para gritar en manifestaciones –explica–. O puede que le diera forma de canción techno porque quería que fuese un himno que se cantase en discotecas», ríe la artista madrileña. «Para mí, la poesía de Safo es la antagonista de la épica, de Homero y del canto a la guerra y la muerte tan masculino. Y me refería a eso, sí, a esa otra forma de lírica», explica la artista.

Tanto la creación homérica como la de Safo no fueron escritas en su momento, sino cantadas «como canciones populares que se transmitían narrando una historia y que, mucho tiempo después de haber sido escritas, se transcribieron a papiros», como cuenta. Así que, de alguna manera, ambos podían ser el equivalente a estrellas de la canción actuales. «Por eso en el disco he devuelto sus versos a esa forma original, a temas que pueden ser cualquier género popular, entendiéndolo desde el presente, con ese enorme abanico de estilos», señala.

En el libreto del disco hay espacio para algunas confesiones, en las que Rosenvinge admite una tendencia a reprimir la expresión de sus emociones, quizá como herencia de sus antepasado nórdicos. «Es algo que me encontré cuando comencé a estudiar al personaje a través de Anne Carson y otras estudiosas que le han dedicado años a su figura. Me di cuenta de que, si me tengo que definir en términos arcaicos, soy más de la escuela espartana –ríe–. Mi familia era acomodada, pero vivíamos en una tremenda austeridad, y por esa herencia nórdica tendíamos a una represión de emociones. Las asociábamos a debilidad y practicábamos un estilo de vida austero, de vivir con muy poco». ¿Lucha contra esa tendencia hoy en día? «Todas las personas somos infinitamente complicadas. Aunque esté eso de base, he crecido en España y el hecho se ha diluido, pero hay cosas que te implantan de niño tus padres y se quedan ahí».

También confiesa su disciplina del samurái, el sentido del deber: «Lo tengo. Y gran culpabilidad por no haber cumplido con los compromisos. Vengo de un a familia protestante. Una tía mía incluso era pastor. Por eso, cuando interpretaba a Safo, me preguntaba: ‘‘¿Cuánto tengo yo de ella?’’. Ojalá se me pegara más».

Una obra coral femenina

Todo empezó cuando Rosenvinge se atrevió a poner música a la «Metamorfosis» de Ovidio. «Fue entonces cuando me encargaron que hiciera algo similar con la obra de Safo, con el añadido de la complejidad de que sus versos han llegado dispersos», dice la artista, que terminó encarnando a la propia Safo en el teatro de la mano de Marta Pazos y María Folguera. Ahora se subirá al escenario con otras tres mujeres: Amaia Miranda en la guitarra, Irene Novoa en bajo, teclados y coros, y Xerach Peñate en la batería.



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